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miércoles, 20 de febrero de 2008

Diez Mil Magos. II.

1. La carrera hacia Oranges. (Parte segunda.)

Los Grifos de Adendas lo corearon; las columnas se desplegaron y rompieron sobre los efectivos que disputaban a la sombra del primero de los tres cinturones de Oranges y entre las máquinas de asedio. Un gran clamor sorprendió a los de Pareo, como un látigo hace jirones las espaldas del ajusticiado. Habían abierto brecha en múltiples puntos y prendido fuego a las almenas. Se combatía en el adarve y pocos quedaban ya que pudiesen regocijarse con nuestra llegada.

-¡No os demoréis! Nuestra valía se verá refrendada tras los parapetos. ¡Hacia el interior de la ciudad!

Lo súbito de nuestra acometida nos permitió penetrar profundamente entre las hordas. En mitad ahora de un infierno de lanzas y escudos pugnábamos por proseguir nuestro avance. El grueso de los Grifos consiguió superar el primer obstáculo; el resto se encaramó a las almenas y trató de contener a los asaltantes que, superada la sorpresa inicial, se debatían como perros rabiosos.

Así que nos encontrábamos entre el primer y el segundo cinturón de murallas, que en su contorno ceñía la falda de la colina, en cuya cima se alzaba el santuario de Munce. También se había quebrado la defensa en algunos puntos, pero en lo alto los defensores seguían siendo numerosos y resistían con fiereza, arrojando piedras y picas. Los estandartes del Tetrarca Adendas, de la Ciudadela de Oranges y de los Grifos Sangrientos les advirtieron de nuestra presencia. Se alzaron vítores desde las almenas. Los apostados en el primer cinturón desempeñaban eficientemente su tarea, al menos de momento, puesto que el flujo de atacantes comenzaba a decrecer, lo que nos permitía dar buena cuenta de los que ya concurrían. El respiro que les concedíamos a los de abajo permitió a los defensores reforzar las grietas y reponer sus municiones. Desgraciadamente, unos mil debían de asediar ya el tercer cinturón. Narrado, lo sé de buena tinta, lo arriesgado de nuestra situación se diluye en el molde predeterminado de la letra, se difumina entre lo concreto del discurso y lo inasible de sus márgenes, pero lo único que ya podría añadir es que un huracán se había corporeizado a mi alrededor y me sacudía y me desgarraba, me arrojaba de bruces y me alzaba de nuevo, me hería de muerte con fauces de esfinge y me quebraba los huesos con cascos de hipogrifo; fuego y hielo fustigaban mis sentidos; sólo dándolo todo por perdido se podía continuar vivo en aquella debacle. La sangre se deslizaba por mi hoja resquebrajada y goteaba desde mis nudillos; podía oír el viscoso sonido producido por cada gota al estrellarse contra la pétrea calzada.

Descubrí con alegría que Meridian continuaba en pie. Manejaba su hoja terriblemente vasta con decisión y aplomo. Hondia, mi segundo, hacía sonar su cuerno algo distante, demandando auxilio. El combate se recrudecía frente a las puertas. Un ariete se exhibía amenazadoramente y era menester inutilizarlo. Meridian me acompañaba. Precipitamos una tunda de acero sobre una llanura de escudos, haciendo trastabillar a un puñado de infantes. Procurábamos no colocarnos a tiro de jabalina. Mientras, el ariete proseguía su amenazador avance. De repente, ‘Mbrut Meridian desapareció. Mientras rechazaba a mis acosadores, procuraba aceptar el hecho de que el mercenario hubiese huido, excusándolo tal vez. Mis valientes Grifos se batían en tanto, con la esperanza de salvar del infortunio a sus familias. Entonces, la imagen pura y distinta de Alexia destelló en mis mientes como un faro que desgarra la tiniebla. ¡Alexia, la más deseada de las mujeres! El verso afloró inexorable en mis labios en honor a su recuerdo y a los días felices de Arvenia, y cantaba mientras mataba, y las huestes se detenían para contemplarme maravilladas. Abría las carnes del enemigo con el implacable vástago de la forja y el martillo, y mi voz se elevaba incólume hacia la morada de los dioses.

-¡¡¡Heraldo de la victoria!!!- rugió alguien junto a mí. Era el bravo de Meridian, que regresaba con un hato de lanzas sobre cada hombro.- ¡Lanceemos a esas hienas!

¡Oh, con cuánto gozo lo recibí! Arrebatado por un paroxismo de alegría homicida, me asemejaba yo a algún dios de las tormentas que arrojase implacable sus relámpagos. Los acertaba por cualquier resquicio concebible; profundamente los hería, mientras que desde arriba eran machacados con brío por el canto y el tocón inflamado. Al poco, cualquier idea de emplear el ariete fue desestimada, y éste quedó por tierra, como el falo de un gigante mutilado.

Hondia yacía abierto en canal; el cuerno pendía de su cuello de toro. Tracé un círculo de acero alrededor de él y ordené a un muchacho que lo recuperase. Éste lo tomó con reverencia y tocó repliegue junto a las puertas. Apenas trescientos lo habíamos conseguido. Luchamos de espaldas a las puertas que subrepticiamente se abrían para permitirnos el paso. En cuanto estuve del otro lado interrogué a uno de los guardias:

-¿Dónde está Arquivago?

-Creo que trata de contener la incursión al pie de las escalinatas. No estoy seguro. Es el caos...

-¡Mantente recio! Los Grifos avanzaremos. ¡Procurad acabar con las tropas que hay al otro lado! ¡No abandonéis a los héroes de la primera muralla a su suerte!

La ciudad estaba en llamas a lo largo de toda esa corola. Los invasores, en su determinación, apenas habían reparado en lo que sucedía en la retaguardia. Se obstinaban contra el último y más pequeño círculo defensivo. El santuario era bien visible en la cúspide, así como la parte superior de sus soberbias escalinatas.

El número de enemigos resultaba abrumador. Por suerte, Arquivago había reservado gran parte de sus efectivos en aquel reducto. Sin embargo, una de las puertas había sido truncada sin remedio, y la lucha en el umbral en ruinas era encarnizada. Hice formar a mis escasos centenares de hombres, pertrechado con dardo abundante. Los enemigos rezagados mordían el polvo ante nuestro azote: sus cabezas rodaban cuesta abajo. Procedíamos entre las casas y los monumentos arrasados como una negra sombra de venganza. Multitud de cadáveres estorbaban el paso y el pavimento estaba saturado y resbaladizo por la sangre. Al fin, la masa de los que aún se esforzaban por cobrar el santuario y acuchillar a las vestales apareció a las claras, y un torrente unísono de picas borboteó sobre sus espinazos. El efecto fue demoledor: acaso un centenar hizo crepitar sus huesos en el duro pavimento, apuñalados desde el aire. Aún volaba mi azagaya cuando ya me echaba encima de ellos: una aparición que movía a espanto: el cabello empapado en sangre, la cota de malla reducida a un amasijo de hierros, el jubón hecho trizas, cien heridas escalofriantes, el rostro congestionado, transformado en una máscara inhumana. Salté sobre los cadáveres que entonces se desplomaron y decapité al primero que afronté. La hoja saltó en mil pedazos por el tremendo impacto contra sus vértebras. Dos enemigos vinieron a hostigarme. Evité la estocada de uno de ellos y aferré la muñeca agresora, al tiempo que estrellaba mi puño izquierdo contra sus narices. El siguiente rasgó mi costado derecho. Con un gruñido de dolor, arrojé contra él a su compañero, cuidándome de despojarle de su arma, y a continuación traspasé a ambos con un lance insuperable: allí quedaron juntos y espetados como una parodia de amantes. Busqué otra espada y reemprendí mi ascenso. A través de los batientes astillados vislumbré las escalinatas de mármol y ónice salpicadas de sangre y bullentes de bélica actividad. No pasó mucho tiempo antes de que yo mismo pusiese un pie en ellas, mugiendo como un toro provisto de las fauces de un tigre.

‘Mbrut Meridian no me iba a la zaga. Era un guerrero avezado, pero ni siquiera su arma de factura impecable había perdurado. Blandía en aquellos instantes un temible martillo de guerra, con los dos pies bien afianzados en sendos escalones, y desbastaba literalmente los trozos que dejaban expuestos sus oponentes: sus brazos eran aspas de molino que voltean cuanto cae en su radio de acción y expele ráfagas de esquirlas y gotas de sangre.

Ambos bandos nos disputábamos cada escalón. Los de Pareo ya nos había advertido y titubeaban entre continuar o retroceder. La guardia personal de Arquivago vendía cara su vida en lo más elevado, aunque se trataba de apenas de un centenar. A la sombra del santuario, un hontanar de sangre discurría colina abajo, a modo de horrendo rito de unción.

-¡Expulsémoslos de nuestra ciudad!¡Asesinémosles!-aullé.

Redoblamos nuestro ataque con avidez, pese a lo extenuado de nuestros miembros. Otra cosa nos animaba: las mujeres y los niños refugiados en el templo para los cuales representábamos su única salvación. Los acuchillé una y otra vez como si se tratasen de peces atrapados en una red; los mutilé sin piedad, los derribé de dos en dos, de tres en tres, y entre los míos cundía el ejemplo: allí se realizaban gestas dignas de reyes indómitos. Los Grifos Sangrientos hacían honor a su nombre: tales bestias mitológicas envidiarían nuestras garras. Busqué entonces más adversarios, bufando y babeando la consistencia de la locura, embebido por la cólera, y tardé un poco en comprender que no había sobrevivido ni uno solo de ellos, y que otros andaban tan desconcertados como yo.

El santuario se había salvado de momento. Alguien se dirigía a mí en un tono eufórico:

-¡MaŠ-AyaŠ, eres tú!¡Bendito seas!

Se trataba de Arquivago, que, sorteando los rastros de la carnicería, descendía las escalinatas para encontrarse conmigo.

Miré hacia abajo. Desde el punto en que me encontraba, mediada la escalinata, divisaba el primer y el segundo círculo envueltos en llamas, así como la masacre de que eran víctimas los infortunados asediadores que habían quedado atrapados entre nuestras fuerzas. Mil hombres quizás pudiesen resistir a partir de la segunda muralla. Sin embargo, las legiones de Pareo se recomponían al pie de la colina y continuaban sobrepasándonos por mucho. Renació en mi pecho el deseo por ver a Alexia.

Diez Mil Magos. I.

I. La carrera hacia Oranges. (Parte primera).

Tras varios días de marchas forzadas, afrontábamos el trecho final a la carrera, pues desde la extensa llanura eran visibles los bastiones en llamas de La Fortaleza Sobre La Colina. Desde que desembarcásemos en el puerto de Eritrea, hacía ya dos días, habíamos atravesado el reino de Arvenia a un ritmo sobrehumano, en un intento frenético por alcanzar Oranges antes de que fuese demasiado tarde. Descansábamos aún menos de lo indispensable, comíamos mientras marchábamos. Que más de un centenar de soldados abandonase o cayese fulminado dará idea de nuestro colosal esfuerzo. Cada hombre cargaba con lo imprescindible: sus armas y algunas tiras de carne sazonada. Intervendríamos nada más avistar la colina asediada. Yo encabezaba la hueste, dando ejemplo. Los músculos de mis piernas gemían. El austero equipo de campaña pesaba toneladas. Pero no debía flaquear. La mayoría de aquellos bravos, como en mi caso, tenía a sus familias en Oranges, así que la resolución se presentaba inquebrantable. Tras los castigados muros de la fortaleza-santuario aguardaba mi prometida Alexia, de corazón intrépido.

Las glebas de Arvenia habían sido arrasadas a todo lo abarcable por la vista. Los sicarios del corrupto Raudos cumplían sus órdenes con minuciosa crueldad; éste, en su destierro, desdeñaba la devastación que su ambición acarreaba a estas tierras. Dejaban cientos de cadáveres a su paso, gente inocente por regla general. La rabia bullía en nuestras sienes, mas hubiera sido del todo infructífero sucumbir a ella; ya habría tiempo de desatarla convenientemente, cuando los enemigos estuviesen a nuestro alcance.

La mañana del tercer día habíamos oteado agoreras columnas de humo sobre la línea del horizonte y esto nos hizo recrudecer la marcha. No mucho después, el espolón de Agrón, heraldo de la cordillera Cadmea, había aparecido ante nuestros angustiados ojos. Oranges quedaba entonces a menos de dos horas de trayecto y el fuego ya lamía sus bloques. Ordené un alto. El desesperanzado contingente protestó airado, pero yo entendía que era necesario un descanso; de nada serviría embestir contra los sitiadores si no podíamos mantenernos en pie.

-¡Tomad resuello, valientes! El resto de la travesía promete ser animado. Con toda seguridad el Señor de la Guerra Pareo habrá dispuesto un retén en la retaguardia para responder ante cualquier contrariedad. Quizás desconozca aún que los Grifos de Adendas escaparon de su cepo y esto nos supondrá una ventaja inestimable. No me cabe duda de que el esforzado Arquivago habrá sabido mantener las defensas y causarles de paso importantes bajas. La realidad, empero, es que el ejército del Tetrarca Raudos nos supera abrumadoramente en número, incluso contando con los defensores. Así que la lucha será desesperada. ¡Yo por cierto que no desfalleceré, ya que ansío compartir el lecho con mi prometida y mil de esos bastardos no lograrían impedírmelo!

Los hombres yacían por tierra sin apartar la vista de la flama distante, barruntando el fragor del combate y los alaridos de sus familias al ser degolladas. El mercenario ‘Mbrut Meridian reposaba a mi lado con gesto meditabundo; había accedido a acompañarnos tras la encerrona en Trahen, frente a la Península Acorazada, donde había caído su amigo, el hechicero Marcebul. Al fin dijo:

-Esta va a ser una carrera gloriosa, y es posible que también un suicidio. Marcebul lo habría desaconsejado.

-Confío en mis hombres; ya viste como actuaron en Trahen. Por otra parte, los inciertos refuerzos quedan hoy por hoy muy lejanos.

-LaMaraña lo ha dispuesto todo según un plan maestro. Me pregunto hasta qué punto no estarán en connivencia con el Gerión...

-Desprecio a todos esos artífices de espejismos por igual. Nada de lo ellos maquinen conseguirá hacerme menos real.

Todavía no despuntaba el mediodía cuando decidí que era suficiente descanso. Todos estaban listos. Hondia hizo sonar el cuerno y los mil hombres hicieron atronar los llanos con sus pisadas. El despliegue de nuestras tres columnas de avance se llevaría a cabo a poca distancia de la retaguardia enemiga. Yo encabezaba la mediana y sacaba un buen trecho a mi perseguidor más inmediato, Meridian, el cual jamás hubo deseado tanto una montura. Los cuernos soplaban por toda arenga. Las armas resonaban, nuestros jadeos y exabruptos sesgaban el aire. Nuestra meta adquiría mayor nitidez con cada zancada. Lo que parecía ser una imposible marea humana cercaba la fortaleza, habiendo superado el primer círculo de murallas, avanzando colina arriba por el fuego y el acero. Un estrépito descomunal iba descolgándose hasta nuestros oídos, opacando los propios jadeos. De repente, aviesas andanadas de flechas nos recibieron. Cientos de arqueros se encontraban apostados entre las rocas. Rápidamente, se embrazaron los escudos. El trote se haría mucho más incómodo, pero pronto aquellas picaduras de abeja se vieron sustituidas por auténticos aluviones. No había tiempo para anular aquella amenaza. Muchos amigos caían con el cuello ensartado o heridos sin remedio. Avancé más deprisa. Ya no distaba el cuerpo del formidable ejército. Sendos adversarios trataron de interponerse en mi camino y con un certero mandoble me deshacía de ellos y eran despedazados a mis espaldas por mis Grifos sanguinarios. Una línea de arqueros descargó sus proyectiles; hinqué la rodilla en tierra y me parapeté tras la égida, con diez bovinas pieles guarnecida. Sentí el impacto de innúmeros dardos, recobré el aliento y de nuevo salí disparado al tiempo que lanzaba mi grito de batalla:

-¡¡¡Gloria!!!